laureanomarquez

Recibí esta carta de Andrés y he decidido contestarle, porque sé que son muchos los que se sienten igual.

Querido Laureano:

Si te soy sincero, nunca he entendido bien cómo va esto de las cartas abiertas y seguro que, viniendo de mí, que no soy periodista o escritor, no queda bien. La cosa es que, como no te conozco personalmente, no puedo escribirte una carta “cerrada” (¿se dice así?).

He decidido salir de mi ostracismo natural y en el que me siento muy cómodo para preguntarte cómo estás. Sí, en serio, de pana, te escribo exclusivamente para preguntarte: ¿cómo estás? Es que resulta que yo, que leo todo lo que escribes (porque de pequeño me enseñaron a admirar la inteligencia), me puse a pensar en estos días en la situación que tú, como testigo de primera fila y comunicador de nuestras desgracias, debes estar viviendo.

Pensando en eso, no puede dejar de venirme a la mente la imagen típica de los familiares que rodean las salas de emergencia cuando tienen a un familiar en estado crítico.

En ese cuadro te imagino como el típico hijo del medio (ese, el empático), que no va llorando por las esquinas, que no le monta cacería al médico o a la enfermera para preguntarle cada cinco minutos “¿cómo sigue?”.

Eres el que les compra café a los que llevan horas esperando (si es que consigues); el que va a buscar a Maiquetía a la abuela que vive en el interior para llevarla al hospital; el que llama discretamente para avisar a los demás lo que está pasando y el que pone el hombro para que le lloren encima.

Lo que tristemente siempre pasa desapercibido en estas situaciones es la tristeza que también te embarga. Porque el hijo del medio lleva la procesión por dentro; es el ¨caballero oscuro” de las tragedias familiares y todos toman esa entereza como fortaleza de espíritu (que no dudo que tienes), pero definitivamente es injusto que nadie cuide de los cuidadores o que nadie se preocupe de los preocupados.

Es por esto que, aunque no me conozcas y aunque no me lo hayas pedido, he decidido escribirte para preguntarte: ¿cómo estás?

Tu pana invisible, Andrés Salazar

Querido Andrés:

Me conmovió tu carta. Probablemente me hacía falta que me lo preguntaran para que yo, quizá, pudiera explicármelo a mí mismo. No me siento bien. Nada bien. Estoy cansado de estar en el hospital.

El paciente solo empeora y creo que ya conozco el desenlace. Hay mañanas en las que me apetece abandonar y me deprimo, pero no lo muestro, porque sé que mi deber es animar a los demás, pero siento que al menos necesito unos días de descanso lejos de la sala de terapia intensiva, un rato en algo que no se parezca a la tragedia cotidiana de este hospital en ruinas.

Tengo ganas de dejar de hablar un rato de medicamentos y dolencias para irme a una playa y sentarme relajado a tomar sol. Pero me da vergüenza irme del hospital y que el resto de la familia comience a preguntar por mí y yo no esté allí para buscar café o buscar a la abuela al aeropuerto, o que pase algo imprevisto y yo no esté, justo cuando hago más falta.

Necesito hacerlo porque mi salud ya corre riesgo de tanto aguante, pero puede más la vergüenza que yo. Me siento como atrapado. Si me voy, me sentiré decepcionado de mí. Si me quedo, el próximo hospitalizado puede que sea yo.

Por otro lado, sé que no voy a poder estar tranquilo en la playa por más que lo crea. Sé que una vez que coloque la toalla en la arena y me tienda al sol, no voy a hacer otra cosa que estar llamando y pendiente, y que a la primera vez que alguien me diga algo, dejaré todo para regresar y volver a ocuparme.

Cuando esté en la playa estaré pensando que todavía podía haber aguantado más y no necesitaba un carrizo esa pausa. Me queda otra opción: perderme, olvidarme del enfermo y de mi familia, esconderme de ellos. Es la más terrible de todas, porque ¿cómo haré para esconderme de mi propia conciencia?

Pana invisible: gracias, mil gracias por preguntar. No sabes cuánto significa tu carta para mí. Es como cuando tienes a alguien muy querido en terapia intensiva y un amigo llega por allí solo para darte un buen abrazo que te hacía falta.

La verdad, Andrés, estoy atrapado, como el resto de la familia.

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