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(30/06/2016) El enorme paralelismo que existe entre los genocidios cometidos por la revolución rusa y lo que actualmente sucede en Venezuela pasa de ser una simple casualidad y está enmarcado en lo que Chávez denominó “El proceso” que, aunque nunca terminó de definirlo abiertamente, si tuvo la osadía de sentar las bases que hoy permiten a Maduro ejecutar la fase final del proceso, siempre y cuando los venezolanos terminen de doblar la cerviz.

El siguiente artículo, tomado de Infobae, es revelador de la dirección que ha tomado el “Proceso” y cuál será el desenlace final si la dirigencia política opositora sigue siendo tímida en sus acciones y el pueblo no luche por su libertad sino que se desviva por saquear comercios y camiones cargados de comida.

La tragedia ocurrió en el invierno que abarcó los meses finales de 1932 y el comienzo de 1933. Los cálculos más conservadores hablan de casi 2 millones de muertos y los más arriesgados elevan la cifra a 10 millones. Pero 7.000.000 es el número con mayor consenso.

El Holodomor, que significa “hambruna” en ucraniano, fue la respuesta del dictador soviético Iosif Stalin a los ciudadanos que rechazaban el dominio ruso y la colectivización de la tierra que quería imponer.

Fue una hambruna inducida por quien en ese momento estaba al frente de la Unión Soviética (URSS) como modo de disciplinar a los ucranianos y obligarlos a adoptar las reformas económicas que pretendía.

El Parlamento de Ucrania lo reconoció en 2008 como un genocidio y el Parlamento Europeo lo consideró un crimen de lesa humanidad. Sin embargo, la llegada al poder en 2010 de Víktor Yanukovich, de fuertes relaciones con Moscú, revirtió el proceso de revisión del pasado y determinó que el Holodomor no fue un genocidio sino una tragedia sin culpables.

La reforma agraria

Los problemas entre Moscú y Kiev comenzaron a fines de los años 20, cuando Stalin quiso imponer la colectivización de las tierras. La idea era expropiar todos los campos y establecer un sistema de cultivo y cosecha totalmente controlado por el Estado.

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El rechazo de los kulaks (grandes productores ucranianos) fue total y también de la mayor parte del campesinado. Unos y otros perdían el control sobre la producción y debían someterse completamente a los designios del poder central, que estaba en Moscú. Con el agregado de que el plan de Stalin era someter el campo a la industrialización del país, aunque eso supusiera la muerte de millones de campesinos que veían cómo su cosecha era trasladada a las ciudades.

Tras eliminar a los kulaks, la producción agrícola quedó desorganizada y sin posibilidades de producir como venía haciéndolo. El rechazo de los campesinos independientes a someterse a lo que consideraban un nuevo tipo de servidumbre contribuyó a que buscaran boicotear la colectivización forzada de la tierra.

Así, el campo ucraniano empezó a producir cada vez menos. No obstante, Moscú exigía a Ucrania cuotas cada vez más altas de cultivos para exportar o para alimentar a sus ejércitos.

Mientras los ucranianos intentaban esconder lo poco que podían para garantizarse una reserva mínima para el invierno, los soldados del Ejército Rojo requisaban las casas y las granjas y confiscaban todo el alimento que encontraban.

El resultado fue el comienzo una devastadora hambruna, causada por la falta de alimento en las regiones agrícolas del país. Esto se agravó porque cada vez que notaba problemas en la llegada de suministros de Ucrania, Stalin ordenaba hacer más requisas, cada vez más violentas, para llevar a Moscú toda la cosecha disponible.

Entre los muertos por el hambre y las enfermedades derivadas de la falta de comida y los masacrados por resistirse al poder ruso, millones de ucranianos terminaron muriendo en pocos meses.

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