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(02/07/2016) En el ruin arte de la ofensa no sólo las palabras juegan papel preponderante. Gestos y actos suelen dejan mayores e indelebles marcas al respecto. En consecuencia, no es monopolio de locuciones altisonantes el proceso de denostar de una institución con arraigada importancia en la historia nacional.

Además de con palabras, a la fuerza armada se le ofende cuando se hace lo indecible, lo inaceptable y lo vergonzoso para minimizar el profesionalismo que debería caracterizarla dado lo exigente de su elevada misión. Es decir, cuando se coloca en plano subalterno su identificación con los más caros intereses nacionales al privilegiar la alineación ilegítima con un proyecto político que se ensaña contra la democracia y con un modelo económico que hambrea a las masas mientras engorda a la nomenclatura depredadora.

A la fuerza armada se le ofende cuando se desaprovecha la celebración de una de sus efemérides más relevantes y en vez de exponer ante la nación esperadas reflexiones sobre la modernización o transformación demandada por la historia para enfrentar los peligros que el levantisco futuro depara, se mal leen peor escritas peroratas cuyo énfasis está puesto en demeritar a la soberanía popular porque ésta anuncia vientos de cambio, pretendiendo así confinar el descontento con el fracaso estrepitoso del gobierno al brumoso espacio de la no patria, simbólico gulag destinado a enjaular a todo aquel que por manifestar su esperanza por un país decente pasa a ser visto como un potencial enemigo interno.

A la fuerza armada se le ofende cuando se le ordena ser la primera línea de contención de la manifestación ciudadana consagrada en la Constitución, aquélla que se supone se contrajo la sacrosanta obligación de enaltecer. A la fuerza armada se le ofende cuando en los hechos cotidianos se apaña el ideario bolivariano para ocultar la ilicitud de que la fuerza, y no la voz de la gente, pasó a ser el sostén del gobierno, haciendo trizas la arquitectura republicana.

Como se ve, hay muchas y graves maneras de ofender a una organización que por definición debería generar respeto y sobrada admiración. El refranero popular es sabio: no se debe escupir hacia arriba…

Por Luis Alberto Buttó

Historiador. Universidad Simón Bolívar

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