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(21/07/2016) A las frenéticas indigestiones causadas por el consumo del chile jalapeño, las enchiladas y el pozole, que suelen pillar desprevenido al turista que visita ese país asombroso llamado México, los naturales le llaman, entre sarcásticos y compasivos, “la venganza de Moctezuma”. Ellos, que mantienen una relación cordial y respetuosa con la muerte, saben que en el trasfondo de los pueblos late el fantasma de la venganza. Pronto a caerle a saco a aquellos que lo traicionaron o se burlan de sus afanes.

Me provoca imaginar que desde aquel ominoso circo del esperpento montado por el insolente mayor de la tribu, Hugo Chávez, el piache que vino de los cuarteles a hundirle el puñal por la espalda a la Venezuela civilizada, cuando provocando a los espíritus malignos descerrajó la urna sagrada del primer venezolano para hacer con sus silenciosos despojos, olvidados de tanto frenético empeño por convertir el plomo en oro, lo que la magia negra afrocubana del gran piache, Fidel Castro, le aconsejara desde La Habana: beber la esencia que aún le quedara en la poca médula de sus huesos, fumarse el raspado de sus fémures y costillas, y apoderarse de la grandeza ilusoria que reposaba en silencio en lo oscuro de ese mínimo recinto por décadas inviolado, como Indiana Jones creía posible obtener el mágico poderío de Moisés apoderándose del arca perdida.

Ni la idea ni el esfuerzo son inéditos. Nadie ha podido aclarar científicamente la famosa maldición de Tutankamón. Todos quienes participaron del descubrimiento de su tumba, en el Valle de los Reyes – la visité en plena guerra de Yom Kipur – murieron en extrañas circunstancias. Como Hugo Chávez, que parece haber pagado con su vida y esa muerte nunca jamás aclarada – como un paria que el destino se empeñó en deshacer – por el insólito atrevimiento de jorungar al muerto más importante de la república.

Ahora el turno le tocó a su hermano Aníbal. Muerto aviesamente de esta enfermedad inaugurada por su hermano, el “chavismo”, esa catastrófica herencia dejada en su abandono por el último caudillo. En su caso: verse obligado a tragar comida descompuesta, que compuesta “no hay”; carecer de medicinas para enfrentar la salmonella que le asaltara en desmedro de los miles de millones de dólares de su familia – robada de las arcas fiscales como una suerte de salmonella política y criminosa – que medicinas “tampoco hay”; y sin asistencia sanitaria “veraz y oportuna”, que obviamente “no hay”. En el colmo del desatino y la impostura, que la doña es la última costra de esa maldita lacra hereditaria llamada caudillismo militarista, reclama su madre no porque no hay alimentos, medicinas ni hospitales, por culpa exclusiva de su parido, maltratado hijo y hermano del infortunado neo fallecido, sino porque el gobierno de su nieto putativo no lo mandó en volandas a La Habana.

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¿Olvidó la doña que la desgracia mayor de su familia, insignificante en comparación con la de treinta millones de venezolanos, fue provocada y llevada a su culminación precisamente en el CIMEQ de La Habana? ¿Olvidó la doña que salió de su cocina, con lamparones de manteca de cerdo en su delantal pringado de tanto freirle baranda a su desdentado esposo, para irrumpir en las páginas de la revista ¡HOLA! de peinado señorial, con anteojos Gucci, rolex de oro, collares Cartier, foulard Carolina Herrera y perrito frifrí, que La Habana ha sido el mortal destino de todos los castrochavistas que han preferido la medicina cubana a la criolla y democrática?

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Sorprende que doña Elena Frías culpe a Maduro por no haberle puesto al señor Aníbal Chávez Frías un avión de PDVSA para llevarlo a morirse, como su otro hijo, bajo cielos martianos y no le reclame a su nieta María Gabriela por no haberle alquilado a su tío, desde Nueva York, un súper Jet para llevárselo a la mejor clínica newyorkina. O ella misma, la madre del occiso. ¿O vendrá con el cuento de que ella carece de los medios como para haberlo auxiliado? ¿Son tan roñosos ella y los suyos como para que, después de haber saqueado miles de millones de dólares de los dineros de la República y haber montado ese Falcon Crest barinés, sigan endosándole al Estado las cargas de sus iniquidades?

No son los tiempos de Gómez ni de Cipriano Castro. Ni muchísimo menos los de Joaquín Crespo y Antonio Guzmán Blanco. Yo aspiro, en honor a la modernidad que nos adeudamos, ver a toda la familia Chávez Frías, hasta su última descendencia presos, juzgados y condenados. Negándoles una justicia del honor la casa por cárcel que le niegan a sus presos políticos. ¿Será posible? La esperanza es lo último que se pierde. Aún no la he perdido

Por  Antonio Sánchez García/ @sangarccs

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