(21/10/2016) Desde muy antiguo el hombre y la mujer debaten el tema del mal y la maldad. Definir la maldad no es algo sencillo. Es decir, usted ve una declaración de una funcionaria equis de cualquier consejo de algo y percibe la maldad, la mala intención, el deseo de hacer daño, pero definir el concepto no es sencillo. Una de las maneras de hacerlo es decir que el mal es la ausencia de bondad, pero esa definición no es del todo útil. Un joven que no le cede el asiento en el metro a una ancianita no tiene nada de bondad, pero no por ello es necesariamente malo. Malo, por ejemplo es quien hace que una ancianita haga 12 horas de cola en un supermercado para ser atendida para comprar comida y al final se vaya con las manos vacías.

Otra cosa interesante es que la maldad es una cosa inherente al ser humano y sera humana. Los animales no son malos. Salvo la serpiente del paraíso, que sí era una rata, los ofidios no te pican por maldad: es algo que está en su naturaleza de defensa y subsistencia. La culebra no diseña un plan para tener a su presa 140 días presa injustamente e incomunicada. Un León no manda a nadie al paredón, salvo que sea Trotsky.

La maldad es un concepto negativo. Es raro que alguien asuma que es mala gente. Es seguro que Adolfo Hitler o Nerón no se percibieran a sí mismos como malas personas, Pinochet y Fidel probablemente tampoco. Sin embargo a Fidel le parece malo Pinochet por las mismas razones que Pinochet le parecía malo Fidel. Una cosa que llamó mucho la atención cuando los comandos rebeldes libios atraparon a Gadafi, él preguntaba insistentemente: “¿qué les he hecho yo?”. Seguramente la pregunta era formulada con honestidad. Stalin y todos los malos de la historia no pueden percibirse a sí mismos como malvados. Seguramente los comandantes de los campos de exterminio hasta tenían un argumento con el que justificaban sus acciones como bondadosas y compasivas. Los terroristas no suelen pedir el perdón de sus víctimas; ellos por propia salud mental, tienen que insistir en el hecho de que asesinan inocentes por una causa superior que lo ameritaba. Es esa gente que mata a los hijos de otros y luego llega a su casa a abrazar con ternura a los suyos. De lo dicho se desprende que la maldad requiere un permanente y constante autoengaño.

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Sobre la maldad se han hecho muchos experimentos para ver si hay una suerte de gen de la maldad, si es producto de alguna alteración fisiológica, si tiene que ver -cosa que suele ser frecuente- con maltratos en la infancia. También se han hecho experimentos para examinar cuál es el comportamiento de la gente cuando está en condiciones de hacerle daño a otro. Lo llamativo de estos experimentos no es descubrir que bajo determinadas condiciones hay gente dispuesta a ser mala, sino la esperanza que produce la existencia de tantas personas que estando en contextos propicios para causar daño no lo hagan.

Las posturas que consideran al hombre como un ser egoísta suelen argumentar, que en un estado de naturaleza o salvaje, al hombre (aquí si el uso del término hombre no es machista, sino que las mujeres casi nunca han sido malas en la historia) no le importa cuánto daño tenga que hacer sobre sus semejantes para pisotearlos y someterlos.

La verdad es que como conclusión podemos decir que en el mundo existe mucha más gente buena que mala, lo que sucede es que la maldad hace mucho ruido y el bien es silencioso. Cada uno de nosotros lleva dentro un lado luminoso y un lado oscuro. ¿Qué hace que en un determinado momento de la historia uno se active y otro se mantenga a raya? ¿Quién lo sabe?
Abraham Lincoln dijo una vez: “Casi todos podemos soportar la adversidad, pero si queréis probar el carácter de un hombre, dadle poder”.

¿Y por qué me daría a mi por escribir sobre este tema esta semana?

Por Laureano Márquez

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