(10/11/2016) En entrevista concedida por el sacerdote jesuita y rector de la UCAB, José Virtuoso, se destacan algunos aspectos positivos y negativos acerca del diálogo que podrían determinar que El Vaticano decida levantarse de la mesa de dialogo si no hay resultados.

A continuación el contenido de  la entrevista:

La MUD declaró una “tregua” que habría pedido El Vaticano. ¿Forma parte de la estrategia de la Iglesia para el diálogo?

En orden a los hechos, es así. El enviado del Papa, conjuntamente con la conferencia episcopal que ha jugado un rol estelar e importante aunque por la mezquindad del Gobierno no se quiera reconocer, solicitaron de manera especial que se suspendiera temporalmente, a manera de tregua, mientras se tenían las conversaciones, tanto el juicio político en la asamblea como la marcha a Miraflores. Las razones las dijo el cardenal Urosa: no conviene, puede crispar más la situación, generar más conflicto. Ahora, yo creo que la molestia de buena parte de la población tiene que ver con la falta de claridad al respecto por parte de la Mesa de la unidad, que no ha manejado con suficiente claridad comunicacional estos aspectos de cara a la opinión pública. No se han explicado las decisiones, para poder defenderlas, argumentarlas, justificarlas y aminorar el costo político que tiene hacer una amenaza y no cumplirla. Eso es importante porque lamentablemente este conflicto político va para largo.

Se ha criticado que el enviado del Papa haya llegado y activado el diálogo justo cuando se detiene el revocatorio. ¿Hubo algún manejo del Gobierno para que esos tiempos coincidieran?

-El Gobierno lo buscó expresamente. Creo que hizo todo lo posible para abrir el diálogo como una cortina que de alguna manera disimulara el barbarismo político cometido. Ahora, ¿por qué el Vaticano acepta ese juego? Porque lamentablemente (El Vaticano) es la única puerta que el Gobierno ha abierto diferente a la violencia y la represión pura y dura. En este caso, con un actor como facilitador y mediador reconocido. El Vaticano está jugando los dos roles. El Gobierno vio en el Vaticano una tabla de salvación. Y el Vaticano vio, por otro lado, que era la manera de ofrecer una alternativa para que la única puerta no fuera la de la violencia. Era como agarrarse a un clavo caliente.

Se dice que la exigencia popular puede pasarle por encima a todo liderazgo. ¿Estamos a la puerta de eso?

-Sí, lo digo sin pestañear. Por un lado, el Gobierno juega con candela desde hace tiempo. Enfrenta una grave amenaza de explosión popular y de rebelión política, y por otra parte la oposición enfrenta el peligro de que sus propias bases no se sientan representadas y le pasen por encima. Eso nos metería en un escenario de caos total. Pensando con cabeza fría, a mí me parece que los actores políticos deberían estar muy interesados en que estas conversaciones logren algún acuerdo.

¿El liderazgo venezolano está preparado para conducir una situación de conflictividad tan profunda, inédita?

Yo creo que muy mal preparado, a pesar de que llevamos, si lo contamos desde el año 89, una situación permanente de conflicto con algunas temporadas de paz. Pero desde entonces estamos en un conflicto político y social abierto, que ciertamente va in crescendo. Yo sí creo que el Gobierno lo ha manejado pésimamente mal, especialmente el de Maduro. Y la oposición creo que también ha tenido sus graves debilidades en el manejo del conflicto.

El padre Arturo Sosa, el nuevo “Papa negro”, decía en 2014 que en Venezuela “no existe una alternativa política al chavismo (…) no existe una oposición al régimen chavista”. ¿Coincide?

Yo, con todo el cariño que le tengo al padre Sosa y todo mi respeto porque es mi Superior General, disiento de esa opinión. Yo sí creo que todavía está pendiente construir por parte de la oposición un proyecto más integral, más envolvente de la complejidad venezolana; pero me parece que esta oposición tiene claras unas líneas vector: la necesidad de una democracia auténticamente representativa, donde funcione una división de poderes, donde funcione el estado de derecho y el respeto a las garantías constitucionales; una sociedad donde exista el mercado como complemento al estado, porque no creo que se esté planteando un neoliberalismo sino una articulación del estado con la empresa privada en lo que sería una democracia social de mercado o donde el mercado tenga una posición importante. Y creo que hay otros elementos claros en torno a una sociedad donde funcione la seguridad, la institucionalidad, la inclusión. Creo que todos esos elementos están en los planteamientos de la oposición. Pero para salir de la crisis hay un conjunto de elementos que habría que vincular a esos vectores.

Aprovechando esa cercanía, ¿qué tan optimista es usted de los resultados de esas conversaciones, en virtud que se debe haber enterado de la actitud de tirios y troyanos en esa mesa?

-Ay, Dios mío… Esa es la pregunta más complicada. Mira, he recibido algunas encuestas de qué piensa la población venezolana al respecto. La gente valora el diálogo, el encuentro, las conversaciones como un elemento positivo; sin embargo la esperanza de que salgamos de la crisis a través del diálogo más bien es baja. Yo te digo: quisiera apostar a que traiga algunos resultados positivos. Que de alguna manera el Gobierno entienda que tiene que abrir los espacios institucionales para la participación, el respeto a la Constitución al menos en algunos aspectos y sobretodo que se abra el cronograma electoral que pueda culminar incluso en una elección general. Si el Gobierno renuncia a esa puerta, realmente está condenándose a él y a la sociedad a entrar en una espiral de violencia indetenible. Yo confío en la luz de la razón práctica, del entendimiento. Yo creo que el Gobierno tiene que apostar a que en ese diálogo ocurran acuerdos fundamentales.

¿Y le chismearon si la actitud de sus representantes en la reunión fue en esa onda o no?

-De algunos sí. De otros no.

Varias ONG defensoras de derechos humanos dicen que al Gobierno hay que calificarlo como una dictadura. Otros actores sociales hablan de que se traspasó esa frontera invisible. ¿Qué nomenclatura usaría usted? ¿Dictadura, autoritarismo, democracia, chicha, limonada?

-Yo también quiero darme una tregua para llegar a la definición. Si el diálogo no permite llegar a ningún acuerdo, estamos en una dictadura. Ahorita, con la vulneración que ha habido del orden constitucional, con un Gobierno cuyo único criterio son sus intereses grupales y partidistas, donde se gobierna prescindiendo de la Constitución, con los poderes excepto la Asamblea Nacional coadyuvando a ese ejercicio unipersonal del gobierno; pues estamos en un gobierno dictatorial. Yo creo que el Gobierno es consciente de eso y abre el diálogo para quitarse ese mogote. Por eso digo que pongo la definición en paréntesis, la pongo en tregua.

El Presidente de la AN decía que abrían una ventana hasta el 11 de noviembre y si eso no resultaba, se paraban de la mesa. ¿El Vaticano puede ser quien se pare de la mesa?

-También, claro. Si aquello termina siendo nada, El Vaticano puede decir `yo aquí no estoy haciendo nada’ y pudiera pararse. Por eso digo que quizás todo este tema del diálogo comunicacionalmente ha sido muy mal manejado. Sin embargo, sí considero que es una ventana que se ha abierto porque le conviene al Gobierno y a la oposición le abre una oportunidad de maniobra importante para hacer política. Y una política que pudiera revertir en algunos aspectos claves el momento tan delicado que estamos viviendo.

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