(28/11/2016) Este 25 de noviembre Fidel Alejandro Castro Ruz murió en La Habana, Cuba, a los 90 años, y su influencia sobre los frágiles pensamientos al rededor del mundo es innegable. El líder cubano se mantiene casi intacto, a pesar de que sus terribles hazañas están a la luz.

El hombre que en algún momento dijo que “la libertad no se mendiga, sino que se conquista con el filo del machete”, desde que entró al escenario de las revoluciones se ha convertido en un emblema de la rebeldía.

Un hombre sanguinario

Sus actos, su temple y su leyenda han opacado completamente la cruenta realidad que se encuentra detrás de su imagen: un dantesco asesino. Un hombre sanguinario. Un verdadero genio del mal que ha conseguido el éxito constantemente y ahora, con las equívocas políticas de Barack Obama en Estados Unidos, está a punto de vivir la perpetua absolución. Una apología infernal a la impunidad.

Extraía a sangre de presos políticos para venderla a Vietnam

Hay que recordar, al hablar de Castro, sus más terribles crímenes. En mayo de 1966, cuando la Revolución Cubana se seguía solidificando, fueron fusilados 166 cubanos por ser adversarios políticos. Se debe recordar cómo el régimen de Castro, en la década de los 60, vendía la sangre de perseguidos políticos al régimen de Vietnam.

78.000 inocentes asesinados

La organización Cuba Archive señala la existencia de al menos 9 240 víctimas del régimen Castro. Otros expertos elevan esa cifra a 78.000 inocentes asesinados. Hasta el momento se documentan más de 5.000 fusilamientos y desapariciones en Cuba.

Son estos actos los que hay que recordar de ahora en adelante cuando se hable de Fidel Castro. Sus manos están llenas de sangre, y es un mito que hay que desmontar.

Cuando en 1959 Fidel Castro, junto a Ernesto “Che” Guevara, logran imponer la Revolución sobre el régimen dictatorial de Fulgencio Bautista, los sueños más excelsos de los izquierdista se veían por fin representados en una figura digna de idolatría.

Fidel Castro y el Che Guevara no solo representaban el éxito de un movimiento dentro de su nación, sino que materializaban todo un inmenso mito cuya génesis data desde tiempos coloniales.

Al triunfar la Revolución, Fidel Castro logra enfrentarse a Estados Unidos, y por ello «fue en su momento un héroe sin precedentes en América Latina, distinto y más emocionante que el mismo Bolívar; y por eso sigue teniendo un prestigio mucho mayor del que pudiera a estas alturas suponerse (y desde luego mucho mayor del que merece)» (Rangel, 1976).

De esta manera, Fidel Castro se convierte en una figura completamente cautivadora y merecedora de cualquier alabanza en la región. A pesar de significar una amenaza para algunos Gobiernos democráticos, la realidad es que dentro de las entrañas de los mismos Estados, la influencia del embrujo de Castro sobre gran parte de la población era innegable (Rangel, 1976).

El historiador venezolano Simón Alberto Consalvi señala, en una entrevista con el escritor Ramón Hernández para el libro Contra el olvido (2012), que «todos los demás (líderes políticos y ciudadanos), unos más y otros menos, fueron cautivados por la Revolución Cubana. Es imposible medir lo que fue en la década de los sesenta la influencia de Cuba en la política de Venezuela», y en el mundo.

Incluso, en 1989, treinta años después de que se instaurara la Revolución Cubana, luego de que en todo el mundo se conociesen los horrores inherentes al proceso de cambio del sistema político en La Habana, treinta años en los que toda Latinoamérica pudo observar estupefacta los más cruentos crímenes cometidos bajo las órdenes de Castro, las plumas venezolanas se atrevieron a firmar un manifiesto de bienvenida a Fidel Castro a Venezuela.

Desafortunadamente, la mayoría de los intelectuales del país y la región eran pensadores de izquierda, los cuales, por una u otra razón, obviaban la necesaria denuncia de las injusticias de la «magnánima» Revolución Cubana.

Esto dio pie a que se gestara una suerte de impunidad histórica en la que afirmar cierta simpatía con el régimen castrista en Cuba no era digno de vergüenza, sino de orgullo, pese a que la racionalidad advirtiera lo contrario.

Fidel Castro, como leyenda, aún sigue vivo en los corazones de los más idealistas. Sigue intacto, ardiendo constantemente como un modelo a imitar. Y esto es completamente inconcebible cuando cada día vemos los terribles resultados de una revolución erigida en 1959. Resultados cuyo daños no solo han devastado a la isla del Caribe, sino a toda una región.

Hoy murió Castro y esto es, seriamente, un evento a festejar. Su muerte sella una época de terror, sufrimiento y dolor en la región.

Por Orlando Avendaño  en Panampost

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