(05/12/2016) Fidel Castro lo había dejado claro desde el inicio. “Nunca hemos creído que un homosexual pueda personificar las condiciones y requisitos de conducta que nos permitan considerarlo un verdadero revolucionario. Una desviación de esa naturaleza choca con el concepto que tenemos de lo que debe ser un militante comunista“, declaró el dictador cubano en 1965, alrededor de la misma época en la que comenzaba la brutal persecución a homosexuales por parte del gobierno cubano. Apenas seis años antes, e inspirado en la revolución soviética, Castro había derrocado del poder a Fulgencio Batista con un discurso que pregonaba por una sociedad más justa, pero lo que vendría después se parecería más al comunismo de los gulags estalinistas que el de la utopía igualitaria.

Tras las purgas ideológicas, juicios revolucionarios y centenares de fusilamientos que marcaron los primeros años posteriores a la toma de La Habana, la siguiente fase del plan depurador del dictador cubano tuvo como objetivo “reeducar” a los disidentes sexuales, considerados una amenaza para la organización de una sociedad en la que emergería el hombre nuevo, aquel individuo verdaderamente emancipado de las garras del capitalismo según la teoría marxista.

Si bien muchos teóricos y admiradores de Fidel todavía minimizan -o directamente niegan- la existencia de los campos de concentración de homosexuales durante la Revolución Cubana, un documental poco difundido pero que ahora puede verse en YouTube despeja las dudas sobre la inhumana persecución. Se trata de “Conducta impropia“, una producción de la televisión estatal francesa estrenada en 1984, con la dirección de dos afamados realizadores: Néstor Almendros, más conocido por sus contribuciones como director de fotografía a clásicos de la nouvelle vague, y Orlando Jiménez Leal.

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Si bien ambos cineastas habían apoyado inicialmente a la Revolución, incluso filmando películas en apoyo del nuevo Gobierno y discursos de Fidel que eran luego enviados al exterior como material propagandístico, rápidamente la naturaleza autoritaria de Castro los transformó en opositores al régimen e hicieron lo que todo disidente debió hacer en Cuba: escapar para preservar su integridad intelectual y su vida.

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