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(31/01/2017) Este domingo el cuerpo Siete Días de El Nacional trajo, en par de extensos trabajos, una contradicción grave y profunda. Por una parte, Leonardo Padrón publicó “La hora cero”, una desgarrada crónica de cómo se ve el país desde el exterior:

“En el extranjero, los venezolanos se tratan como gente de tierra arrasada. En cada conversación alguien insiste en hablar de la enfermedad. Porque hoy el país es una enfermedad” (…) De ser una futura Cuba, ahora somos su posdata. Vida en los márgenes. Historias de sofá cama. Gente que no tiene lecho propio. Que va de casa en casa, de amigo en amigo, mientras reúne algún dinero y un código postal. Mientras alcanza estatus de ciudadano (…) Todos asumían al país como un error consumado, como si ya no hubiese esperanza”. Y, al final de su crónica, Padrón se hace una serie de preguntas. Preguntas fuertes: “¿Seremos capaces los venezolanos de convertir nuestra miseria en un acto definitivo de redención? ¿Alcanzaremos a reaccionar masivamente? ¿Lograrán estar finalmente al nivel de las circunstancias los líderes de la oposición? ¿Sabremos comprarle el ticket de regreso a la democracia y colocarle una lápida a la dictadura que nos gobierna?

Nos va la vida en esas preguntas.

Sobre todo en sus respuestas.

Es la hora cero de Venezuela.”

Padrón, pues, estima que esta es la hora cero y que a partir de ahora debe haber un punto de inflexión para cambiarlo todo. Sin embargo, en el mismo cuerpo Siete Días, el periodista Franz Von Bergen presenta un largo análisis -especulativo, claro está, pero importante- donde presenta una perspectiva contraria. “Reacomodos en la casa roja”, es su reseña:

“Nicolás Maduro resistió en 2016 todos los intentos de la oposición para lograr su salida de Miraflores. Sin embargo, con la llegada de 2017 su permanencia como jefe del Estado ya no es imprescindible para el chavismo, grupo en el que se han empezado a dar movimientos que debilitan su liderazgo y fortalecen el de otras figuras como Tareck el Aissami”.

El trabajo parte de una premisa interesante: ya Maduro no es necesario, pero el chavismo sí, y Tareck el Aissami empieza a perfilarse como el hombre fuerte. No es de gratis que sea el actual vicepresidente, y si se le considera hombre fuerte es con miras a las elecciones presidenciales del 2018. Obsérvese que el salto es directo a las presidenciales sin reparar en las regionales.

¿Qué puede ocurrir en el 2018? Algunos sospechan que con la oposición eliminada (ilegalizada), gracias a las decisiones del Consejo Nacional Electoral que obraría siguiendo los argumentos que ha venido soltando, entre otros, Diosdado Cabello, tendríamos en el país una elección a la nicaragüense. Es decir, una elección en la que no hubiese partidos opositores. El régimen, pues, competiría contra sí mismo, lo que no es competir.

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En otras palabras, mientras Padrón señala que hay una hora cero, que a partir de hoy, sin mayor dilación, debe comenzar a andar un nuevo reloj para el país, en el mismo cuerpo del diario vemos que, para el oficialismo, no hay pausa alguna y que el tiempo seguirá corriendo según el ritmo caprichoso que le impone el régimen. No hay hora cero, no hay cambio ni viraje. Así, entonces, pareciera que la oposición perdió lo poco que le quedaba y que la revolución ganó por lo que le faltaba.

Pero en el mismo diario El Nacional el gran titular de primera página es lapidario, aplastante: según el último estudio de Datanálisis, el 95% de los venezolanos tiene una visión negativa del país. Estadísticamente hablando, el 95% de los venezolanos son todos los venezolanos. Y si todos los venezolanos tienen una visión negativa del país y hacen responsable directo de lo que está pasando a Nicolás Maduro, a su gobierno y al chavismo en general, ¿cómo se explica, entonces, que el chavismo pueda actuar y planificar y decidir a sus anchas sobre un escenario de finales del 2018 cuando apenas esta comenzado el 2017?

¿Qué pasa con todos los venezolanos ante un panorama como este?

¿Es que todos los venezolanos se resignaron?

¿Es que todos los venezolanos se rindieron?

¿Cuál es el reloj que debe marcar, de ahora en adelante, nuestras horas? ¿El de la hora cero o el del lento pero inexorable avance de la revolución?

Por lo pronto –y hablando del tiempo- el señor Maduro decidió que este miércoles 1 de febrero no se trabaja. Usa como excusa la celebración del bicentenario del nacimiento de Ezequiel Zamora. ¿Pero puede un país que está en la carraplana darse el lujo de perder un día laborable? Quizá sea una forma de eludir el grueso bulto de la realidad. A lo mejor es una manera de disimular las dificultades de un país al que le cuesta amanecer, le cuesta ya no avanzar sino tan siquiera estar en el día a día. Si es así, y ya que el reloj de la revolución es caprichoso y arbitrario, puede, señor Maduro, decretar desde ya el carnaval. Y si le da la gana hasta la Semana Santa incluida. Total, parece que ya no hay país donde mandar.


Por Cesar Miguel Rondón

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