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(01/02/2017) The Economist reseñó un artículo en el que hace un repaso por los últimos acontecimientos de la actualidad venezolana y analiza las razones por las cuales destituyeron a Nelson Merentes como presidente del Banco Central de Venezuela y por qué se espera que su sucesor no logre reactivar la economía del país.

Asimismo, destaca la radicalización del Ejecutivo al colocar a dirigentes del chavismo como Tareck El Aissami en el gabinete y cómo el gobierno está consiguiendo vencer a la oposición gracias sus divisiones internas.

A continuación puede leer el artículo traducido del inglés por Sumarium:

Mientras Venezuela se desmorona, el régimen se afianza

Nicolás Maduro saca conclusiones equivocadas de la crisis económica

Cada mañana de la semana, una cola de varias docenas de personas desamparadas se forma a las afueras de una deteriorada sede del SAIME, la agencia que tramita los pasaportes de Venezuela. Como la escasez y la violencia han hecho la vida en el país menos soportable, más personas están solicitando pasaportes para poder emigrar. Muchos no lo obtendrán. El gobierno se quedó sin plástico para laminar nuevos pasaportes en septiembre. “Me han dicho que necesito esperar ocho meses”, dice Martín, un solicitante frustrado. Un soborno de 250 dólares acortaría la espera.

A medida que aumenta la desesperación, también aumenta la intransigencia del régimen “bolivariano” de Venezuela, cuyas políticas han arruinado la economía y saboteado la democracia. La economía se contrajo un 18,6% el año pasado, según una estimación del Banco Central filtrada este mes a Reuters, una agencia de noticias (véase el gráfico). La inflación fue del 800%.

Se trata de cifras provisionales, sujetas a revisión. Es posible que nunca se publiquen (el Banco Central dejó de publicar datos económicos completos hace más de un año). La estimación de la inflación es cercana a la del FMI, que espera que los precios al consumidor suban un 2,200% este año. The Economist Intelligence Unit, una compañía hermana de The Economist, sitúa la contracción económica del año pasado en el 13,7%. Eso es mucho mayor que la caída de producción que sufrió Grecia en el momento más álgido de la crisis del euro. En 2001 Venezuela fue el país más rico de América del Sur; ahora está entre los más pobres.

El presidente venezolano amante de la salsa, Nicolás Maduro, ha respondido a las malas noticias con ruido (culpa a mafias extranjeras y domésticas) y negación. Poco después de la filtración de las estimaciones del Banco Central despidió a su presidente, Nelson Merentes. El señor Maduro pudo haberlo hecho responsable de la fuga. O pudo haberlo castigado por el intento fallido del gobierno en diciembre de introducir nuevos billetes al cono monetario.

Un cambio de divisas tiene sentido. El billete de 100 bolívares, mayor denominación, vale menos de tres centavos en el mercado negro. Algo que ha obligado a los comerciantes a pesarlos en lugar de contarlos para las grandes transacciones. Se tiene previsto que sean reemplazados por un nuevo conjunto de billetes de hasta 20.000 bolívares.

Pero la razón que ofreció el gobierno para hacer el cambio de divisas -de castigar a los acaparadores- no tenía sentido. ¿Quién almacenaría la moneda más depreciada en el mundo? Su ejecución fue tragicómica. Después de que los venezolanos hicieron colas durante días para depositar los billetes de 100 en sus cuentas bancarias, los reemplazos no aparecieron. El caos se produjo cuando los venezolanos regresaron a los bancos para retirar dinero en efectivo y les dieron ejemplares de 100 bolívares. Su desmonetización está programada para el 20 de febrero.

El cambio en la presidencia del Banco Central no presagia mejores políticas. Ricardo Sanguino, el nuevo presidente, es un ex profesor universitario marxista que ha pasado 15 años como un parlamentario leal del partido socialista gobernante. Tendrá menos influencia que Ramón Lobo, el recién nombrado zar de la economía, economista con poca experiencia de alto nivel.

Es poco probable que se ocupen de las causas de las penurias de Venezuela. Estos incluyen controles de divisas y precios de bienes básicos, que conducen a escasez y corrupción; gasto público sin restricciones; la expropiación de la industria privada; y el saqueo de PDVSA, la petrolera estatal, que provee casi todos los ingresos de exportación de Venezuela.

Los venezolanos ordinarios han perdido la fe en el régimen, si no en el chavismo, en el pro-populismo a favor de los pobres adoptado por el fallecido Hugo Chávez, que gobernó desde 1999 hasta 2013. Maduro, su sucesor, tiene un índice de aprobación del 24%. En diciembre de 2015 los venezolanos eligieron un parlamento dominado por la oposición.

La respuesta de Maduro ha sido la de aferrarse más al poder. La comisión electoral, controlada por el régimen, ha bloqueado un referéndum para retirarlo de su cargo. La Corte Suprema, dirigida por leales del gobierno, ha bloqueado casi todo lo que la Asamblea Nacional ha tratado de hacer. El 15 de enero, el señor Maduro pronunció su discurso anual sobre su gestión, no ante la Legislatura, como exige la Constitución, sino ante el Tribunal Supremo.

El régimen dice que quiere dialogar con la oposición, pero ha hecho poco para permitirlo. Las conversaciones mediadas por el Vaticano y por Unasur, un organismo regional, se rompieron en diciembre después de que la oposición acusara al gobierno de renunciar a las promesas, incluso para liberar a los presos políticos y restaurar los poderes al Parlamento.

El reciente nombramiento de un nuevo vicepresidente sugiere que el régimen está alejándose más del diálogo y la reforma. Maduro substituyó a Aristóbulo Istúriz, un moderado por los estándares chavistas, por Tareck El Aissami, una línea dura. Uno de los primeros actos de El Aissami fue anunciar el arresto de Gilber Caro, un político de la oposición. Según el gobierno, tenía un rifle de asalto y unos explosivos en su vehículo. Su partido dice que las armas fueron plantadas.

El señor Maduro parece estar haciendo dos apuestas. La primera es la desorganización entre la oposición. Las divisiones dentro de la alianza de la Unidad Democrática, un grupo de muchos partidos, se están ampliando a medida que sus esfuerzos para derrotar el chavismo vacilan. Carece de un líder que pueda apelar a los venezolanos pobres que se sienten traicionados por las promesas vacías del régimen.

La segunda esperanza de Maduro es que los precios del petróleo se recuperen. Ya se han recuperado de 21 dólares por barril en 2016 a 45. Pero PDVSA ha sido tan mal manejada y privada de inversión que tendrá dificultades para cosechar los beneficios. La producción cayó un 10% el año pasado y no se espera un aumento en el 2017. Las reservas extranjeras de Venezuela se han reducido a menos de 11.000 millones de dólares; Sus activos fáciles de vender son alrededor de un quinto de eso. El señor Maduro jura que 2017 será el “primer año de la nueva historia de la economía venezolana”. Eso no acortará las colas del pasaporte.

Traducción Sumarium de publicación original en inglés en The Economist

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