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(01/02/2017) El mayor o capitán, Diosdado Cabello, el hombre del cual se dijo por más tiempo, y hasta la saciedad, que era el segundo, o tercero de abordo durante los regímenes de Chávez y Maduro, parece hoy reducido a una incierta curul en la Asamblea Nacional que, por cierto, ejerce con una desidia cercana al abandono.

Nunca, o casi nunca, se deja ver por el salón de sesiones, y en cuanto a participar en las comisiones, o  en los debates donde se deciden cuestiones fundamentales para intentar destrabar las relaciones oposición-gobierno, mucho menos.

En otras palabras que, para certificar que aún existe políticamente, hay que esperar el horario nocturno de los miércoles en Venezolana de Televisión (canal 8), para verlo desmandarse a las 9 en uno de los peores programas de la televisión de todos los tiempos y países.

Hay quienes lo llaman “programucho”, pero yo prefiero llamarlo “bodrio”, según es la sarta de despropósitos, improperios, dislates y déficits que discurren y transcurren en imágenes y sonidos que solo pueden soportarse por el sadomasoquismo más desquiciado.

Pero, Diosdado, también puede ser usado por sus jefes de turno, Maduro o Tareck El Aissami, por ejemplo, en tareas menores pero aterrorizantes, como pueden ser la demanda que introdujo “por vilipendio” contra un grupo de medios impresos venezolanos que hoy mantienen a sus directores, editores y accionistas en el exilio, o para anunciar una campaña para que funcionarios públicos y presuntos beneficiarios del madurato, coloquen en sus sitios de trabajo, casas y taxis carteles con la leyenda: “Aquí no se habla mal de Chávez”.

O, lo que es lo mismo, que toda una atrocidad totalitaria y aberrante, copiada de las dictaduras comunistas de los tiempos de Stalin y que solo por la vía de la irracionalidad de la historia sobreviven en Cuba y Corea del Norte.

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Pero que los émulos venezolanos de las dinastías de los Kim y los Castros no tienen empacho en copiar, según es el pánico que le tienen a situaciones como las que se vivieron en Ciudad Bolívar, Maracaibo, La Fría y San Cristóbal en diciembre pasado y donde afiches, retratos, posters y bustos del “comandante eterno” fueron quemados y barridos de la faz de la tierra.

Y por hombres y mujeres del pueblo que pasan hambre, con familiares, amigos y conocidos que han muerto o por falta de medicinas o la acción del hampa política y social.

Y que, si por  alguna extrema necesidad se ven obligados a sobrevivir en un puesto público o recibir una casa, un taxi u otra prebenda del régimen, no van a cambiar de opiniones porque los obliguen a colocar un lamentable cartel en sus sitios de trabajo o viviendas.

En definitiva que, una campaña lamentable encomendada a un burócrata menor, que ha fracasado en todas sus funciones públicas y que solo por la vía del delirio ha aspirado a suceder al primero, segundo o tercer hombre de la administración.

Para bajarlo de esa nube de una vez, Maduro, acaba de nombrar vicepresidente a Tareck Aissami, otro funcionario absolutamente menor como todos  los que salen del horno cubanomadurista, pero como civil más de la confianza de Raúl Castro que desprecia a todos los militares.

Y si son retirados, mucho más.

Por Manuel Malaver en FactorMM

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