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(13/02/2017) Cuando yo estaba en la universidad, un compañero me invitó a jugar dominó. Yo no había jugado desde que era una niña y mi experiencia se limitaba a colocar blancas con blancas, unos con unos, dos con dos y así sucesivamente. En otras palabras, yo no sabía jugar. Comenzamos el juego y noté que nadie hablaba. Y si yo hablaba, me respondían con monosílabos. En medio de ese silencio sepulcral se levantó mi amigo enardecido. Parecía un Mefistófeles. Se inclinó hacia mí y me gritó: “¡Carolina, ·$%”/%, me ahorcaste la cochina!”.

De más está decir que yo no sabía ni qué era la cochina. Y no entendí por qué se había puesto tan bravo, si a fin de cuentas, era un juego. Casi cuarenta años más tarde viene a mi memoria porque en Venezuela vivimos en un juego trancado y trancado no por enemigos extranjeros, sino por nuestros propios compatriotas. Lo que le sucedió a mi amigo cuando yo, su compañera, le “ahorqué la cochina”.

¡Qué decepción cuando los del mismo equipo son los que arruinan el juego! Porque un país es como un equipo, digo yo.

Los primeros que lo tienen trancado son los militares, cuyo deber de defender la Constitución Nacional ha sido ignorado, soslayado, desechado, desdeñado y olvidado. Venezuela no importa si hay negocios para hacer. Y hoy los hay más que nunca en esta economía de guerra, en esta escasez exponencial de alimentos y medicinas. Estos militares de hoy definitivamente son una casta distinta de aquellos que sellaron nuestra independencia, y más recientemente, de quienes expulsaron a Fidel Castro cuando quiso invadir Venezuela en los años sesenta. Estos de hoy han permitido de todo, a cambio de la ruina del país.

Pero no son ellos los únicos. El Consejo Nacional Electoral es otra de esas piedras. Nunca habíamos visto tantas marramuncias juntas para evitar procesos electorales. Jamás habíamos vivido que un derecho como una elección tuviera que exigirse, negociarse y hasta rogarse. Si fueran novelistas, las rectoras del CNE tuvieran gran éxito. ¡Hay que ver las cosas que han inventado!

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El Tribunal Supremo de Justicia tampoco se queda atrás. El apéndice del Poder Ejecutivo ha profundizado aquel canto de hace algunos años, cuando los magistrados dejaron atónito al mundo civilizado cantando “¡uh, ah, Chávez no se va!”.

Las dos últimas piedras de tranca son los mismos opositores.

Aquellos que condenan con más fuerza a la oposición que al gobierno y que tienen sus esperanzas puestas en Trump (¡Dios nos libre!). Quienes critican todo desde un teclado, pero que son incapaces de moverse cuando la ocasión lo amerita. Y también, tengo que decirlo, la misma Mesa de la Unidad Democrática –a la que he defendido a capa y espada- que parece que le hubieran echado burundanga en la fulana mesa de diálogo. Sé que tenían que sentarse, pero… ¿y después?… Desde entonces el país espera por directrices, acciones, hechos… y nada. Sólo un anuncio de que anunciarán algo. Mientras tanto, el régimen sigue en su carrera loca de atornillarse en el poder, cueste lo que cueste. Para quienes tienen todo que perder, nada importa.

El doctor Héctor Simosa Alarcón, médico traumatólogo, fue mejor conocido como “El Tigre de Carayaca”. Dicen que en Venezuela nadie ha jugado dominó como él. Desarrolló una técnica de análisis que combinó con estrategias y tácticas que plasmó en su libro “Ciencia y Arte en el dominó” que continúa siendo un best seller entre los aficionados a este juego.

La cochina está ahorcada. La oposición necesita muchos Tigres de Carayaca para la próxima partida…

Por Carolina Jaimes Branger en El Universal

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