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(16/02/2017) Considero este título precisamente en estos momentos en que reventó una inédita acusación del Departamento del Tesoro de EE.UU, donde se señala al Vicepresidente de la República, Tareck El Aissami, de presunta vinculación con el Cartel de los Zetas en un complot para enviar toneladas de droga a Norteamérica; por lo que Venezuela cae en la misma categoría delictiva que una vez tuvo Panamá, cuando mandaba Manuel Antonio Noriega, y se sabe cómo terminó ese caudillo: pasó décadas preso en un calabozo gringo.

De la misma manera, tomo en cuenta ese titular porque un pueblo como Cariaco, en el Estado Sucre, tiene a su alcalde solicitado por la justicia debido a su presunta participación, en grado de complicidad, en un tenebroso evento, con presencia de gatillos alegres de la Guardia Nacional, que dejó como consecuencia varios ajusticiados a mansalva en el sector El Porvenir.

¿Cómo se lucha cívicamente si el contendor, es decir, toda la institucionalidad del Estado venezolano (Poder Ejecutivo, Poder Judicial, CNE y demás) y la cúpula de las Fuerzas armadas, Pdvsa y del Banco Central funcionan a lo mafia Italiana, se asemejan a la mafia rusa, son igualiticas a la mafia china, son cuasi gemelas de algún cartel mexicano?

¿Cómo enfrentamos los demócratas a la mafia?

Con esta interrogante me refiero a la tramoya para ilegalizar a los partidos políticos, a la iniquidad que torpedea la realización de cualquier tipo de elección, a lo concerniente al manejo groseramente discrecional de los dólares por parte del gobierno, a lo que tiene que ver con las marramuncias vinculadas a la importación de alimentos y al negocio chimbo con las caja de “mexicoclaps”, a lo relativo al dispendioso gasto armamentístico, a lo referido a los sobrinos de la primera dama que están presos bajo acusación de narcotráfico internacional en EE.UU, a lo señalado con los pasaportes para personajes vinculados al terrorismo islámico, a lo puntualizado con el caso Ordebrecht en Venezuela (donde se mantiene un silencio sepulcral sobre esta situación, pero que tiene que terminar de estallar como un concierto del DJ David Guetta), y a otros capítulos que proyectan a nuestra nación a nivel mundial como una mezcla de Juárez con Palermo. Lo cierto es que la legalidad y la honestidad son grandes ausentes en esos clanes políticos, económicos, militares y extranjeros que han convertido a Venezuela en un campamento minero o en una zona de libre despojo.

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La otra cruda verdad se refiere a que la desesperación del pueblo se convierte en caldo de cultivo para la actividad delincuencial promovida por el gobierno. ¿Se preocupa la mayoría del pueblo venezolano del trasfondo de corrupción que hay con las fulanas cajas de alimentos oriundas de México que se distribuyen a través de lo Clap? La gente lo que tiene es hambre y no está atenta a negocios ilícitos. El hambre y la precariedad existencial están llevando a una sociedad completa a hacerse más pícara, más cómplice y más insolidaria. La desesperación del pueblo es una gran oportunidad para un Estado delincuente.

La lucha de los demócratas en Venezuela es una lucha antimafia.

La mafia en este país es una patología del poder que se sustentó en mitos; y uno de ellos es Chávez, figura que desde ya debe ser caracterizada como mafiosa; él es el “Padrino” fundador del reino delincuencial que somete a millones de venezolanos.

Antonio Nicaso, el autor del best seller denominado el Código Mafia, terminó una conferencia con este pensamiento: “para que el mal triunfe es necesario que los buenos no hagan nada”.

Por BELTRÁN VALLEJO en Tal Cual Digital

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