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(05/03/2017) Cuando los dirigentes optan por ser postores en una subasta de popularidad, sus talentos, en la construcción del estado, no servirán de nada. Se convertirán en aduladores en vez de legisladores, en los instrumentos y no en los guías del pueblo. Si alguno de ellos resultara que propone un plan de libertad sobriamente limitado, y definido con cualificaciones adecuadas, era sobrepujado de inmediato por sus competidores, que producirán algo más espléndidamente popular. Surgirán sospechas de su fidelidad a la causa. La moderación será estigmatizada como la virtud de los cobardes, y el pacto como la prudencia de los traidores, hasta que, con la esperanza de conservar el crédito que pudiera capacitarle para atemperar y moderar en algunas ocasiones, el dirigente popular sea obligado a volverse activo en la propagación de doctrinas y establecer poderes que más tarde derrotarán cualquier propósito serio al que en definitiva él podría haber apuntado.

La cita es de Edmund Burke, y la recoge Giovanni Sartori en su trabajo “¿Hay una crisis de representación?”. No se refiere a Venezuela, aunque pareciera un presagio. Por 18 años la dirigencia política ha estado inmersa en esta dinámica que caracteriza, en palabras de Sartori, al mal dirigente popular.

Si intentamos responder la pregunta que titula este Editorial, obtendríamos distintas respuestas. El ciudadano, desesperanzado y abatido por la crisis, le agregaría signos de admiración, de modo que la pregunta se torna reclamo, invocación: “¡¿Cuándo vamos a salir de esto?!”. El político, el de estas últimas dos décadas, nos ha acostumbrado a otra respuesta, siempre la misma en distintos momentos: “¡Vamos a salir de esto ya!”. El problema, por supuesto, es que eso es mentira.

No es una alergia a la verdad, la que algunos asocian inexorablemente a la actividad política. Más bien, pareciera haber un profundo temor a la responsabilidad por parte del liderazgo político. ¿Temor a qué? A la presión popular, al descontento, a la carrera por capitalizarlo. Lo hemos visto mil veces: fulano propone salir del gobierno en un mes, mengano le reclama que un mes es insensible y siembra dudas sobre su lealtad a la causa, proponiendo, a su vez, sacar a los malhechores en una semana. Zutano, por su parte, viendo esto salta y acusa de traidor a mengano, debe estar cobrando bastante, pues del gobierno hay que salir es en un día, el pueblo no aguanta una semana. Esto, obviamente, es una caricatura, pero ilustra la manera en que se ha comportado la oposición venezolana durante ya algún tiempo.

El inmediatismo nos ha costado 18 años.

De atajo en atajo hemos terminado en la ruta más larga y accidentada. Hagamos memoria. El paro petrolero, el golpe de abril, la abstención de 2005, el desconocimiento del gobierno “ilegítimo” de Maduro, “la salida”, la promesa de salir del gobierno en los primeros seis meses de 2016, la declaratoria de abandono del cargo. Son solo algunas. Todas representaban la apuesta más audaz y fueron hechas para las gradas. Y el costo de hablarle a las gradas, generar expectativas imposibles y prometer lo que no se puede cumplir, lo paga la comunidad política con la merma de su capacidad de convocatoria, de legitimidad, de confianza; y la pagamos todos, todavía bajo el yugo del peor gobierno de la historia, en pleno proceso de autocratización.

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¿Cuál es la salida? ¿Es 2018? Se intuye que para muchos sí, pero ¿Quién se atreve a plantearlo? Un “¡Chávez vete ya!”, reencarnado en “¡Maduro vete ya!”, es catártico, pero poco efectivo. Es el reclamo justo de millones, pero es irreal. Los venezolanos, desesperados por vivir mejor, merecen un liderazgo que oriente la lucha por el cambio con honestidad. Merecemos que nos digan la verdad…

Hemos hablado de la oposición. “¿Y el gobierno?”, preguntarán algunos. El gobierno miente. Siempre lo ha hecho, desde que Hugo Chávez prometió freír cabezas de adecos en aceite y respetar la democracia, las dos cosas a la vez. Las mentiras del gobierno estaban sumergidas en barriles de petróleo a 100 dólares. Así, se le dijo a Venezuela que se podía vivir sin trabajar, que María no tiene porque José sí tiene; se instigó el odio, la división. Sembraron paranoias sobre componendas, planes imperiales, guerras mediáticas y económicas. Todo mientras sucedía el más grotesco saqueo de la historia nacional. Hoy vivimos las consecuencias.

La crisis de representación que se vive en Venezuela debe llevar al liderazgo a revisarse. No en una reestructuración burocrática, necesaria pero insuficiente, como la que ha emprendido la Mesa de la Unidad Democrática, sino a la revisión profunda, más allá de su estructura, de su misión, de la manera en la que se relaciona con la gente, de sus propuestas de cara a la Nación.

Los venezolanos merecemos imaginar otro país y merecemos que esa imagen nos la pinten sin embustes. Hay que impulsar la productividad y defender la propiedad privada, sin los complejos ni medias tintas que causan las acusaciones de “neoliberal” o “capitalista”. Hay que convocar a los venezolanos más allá de los partidos, en una relación horizontal, no de cooptación. Sindicatos, empresarios, estudiantes, asociaciones civiles. Todos están preocupados por Venezuela, todos tienen ideas sobre cómo lograr los cambios. Falta articulación real, la voluntad política de lograrlo más allá de una foto en grupo. Hay un país allá afuera, más allá de un grupo de cuatro o nueve. Hay que promover la participación efectiva de la ciudadanía. No será con un pueblo espectador que se darán los cambios que la gente reclama. El reto es la inclusión.

Estudios indican que hoy 65% de los venezolanos vería con buenos ojos una tercera opción, que rompa con la polarización entre el gobierno y la MUD. Y esta no es una postura antipolítica ni antipartidaria, es el anhelo de una sociedad cansada de veinte años de diatribas estériles, de promesas incumplidas y de las caras –y excusas– de siempre.

¿Cuándo vamos a salir de esto? ¿Cómo vamos a hacerlo? Los venezolanos necesitamos, más que nunca, que la dirigencia sea clara y hable con la verdad. Esa puede ser la diferencia entre recuperar la legitimidad y la confianza de la gente y la erosión definitiva que haría de siglas cascarón y daría lugar a la aparición de otros referentes, en el mejor de los casos, o a la instauración definitiva de la desesperanza fatalista, en el peor.

Blog de Daniel Fermín

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