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(07/03/2017) No puedo calificar sino de aséptica y de esterilizada la intervención que usted le brindó a los asistentes al foro informativo organizado en Madrid esta semana por Nueva Economía Forum. Al menos en lo atinente a la dramática situación que atraviesa Venezuela, los asistentes habrían podido esperar una posición firme y contundente en torno a lo que ocurre en un país con el cual el suyo comparte 2.219 kilómetros de fronteras.

Nadie mejor que el gobierno colombiano conoce de cada una de las penurias que les toca vivir a los hermanos de al lado por el destrozo de la economía de su país, el desabastecimiento de medicinas y alimentos, por la inseguridad que allí impera y la inexistencia de derechos humanos. A diario Colombia tiene evidencias de ello, a través de esa enorme línea fronteriza porque hasta allí van a parar los venezolanos con su drama y en busca de ayuda humanitaria.

Pero mucho más que lo anterior, Colombia, en sus más altos niveles, ha observado con detalle –porque además la ha sufrido en pellejo propio– la aberrante situación política en la que se encuentra el país como consecuencia del secuestro de todas las instituciones que deben operar en una democracia por parte de un gobierno cívico-militar ineficiente y corrupto.

Juan Manuel Santos le lleva una morena de ventaja a Pedro Pablo Kuczynski y a Mauricio Macri en el conocimiento del drama humano, institucional y político de Venezuela y, sin embargo, usted, como su ministra de Exteriores, considera plausible que su presidente convoque a Bogotá al expresidente Rodríguez Zapatero para que “le informe un poco más sobre cómo está la situación en Venezuela”. No creo necesario recordarle al público lector que a usted igualmente la engalana un profundo conocimiento de la dinámica venezolana desde los tiempos en que representó a su país como embajadora en Caracas no hace tantas lunas.

El expresidente Rodríguez Zapatero no puede informarle al gobierno colombiano nada diferente de lo que está a la vista de la colectividad nacional e internacional. Él y usted saben que todo diálogo –una forma civilizada de transar diferencias defendida universalmente– solo funciona si hay buena fe entre las dos partes y si ambos están determinados a utilizar las mismas armas de argumentación y convencimiento de su contraparte. Pero no es así si uno de los dos lados utiliza como armas los poderes que por la fuerza se ha fraguado en cada una de las instancias del Estado para ponerle trabas institucionales al contendor en las vías que otorga la Constitución. Me refiero específicamente, ministra, a la manera como a la Asamblea Nacional electa democráticamente en 2015 le han sido sustraídas sus atribuciones usando decisiones de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia manejado por el madurismo, mientras oposición y gobierno intentaban llevar adelante el fallido dialogo.

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Ese secuestro de poderes ha tenido lugar frente a las narices de Rodríguez Zapatero y del mundo –del cual Colombia no es excepción–. Y esta aberrante situación nos ha llevado hasta el momento en que nos encontramos. Los retrasos deliberados, las manipulaciones y la tramposería de parte de la revolución bolivariana, junto con la complicidad de los facilitadores, nos han colocado en el juego trancado en que nos encontramos hoy.

El resultado práctico es que si un referéndum revocatorio tuviera lugar en este año 2017, canciller colombiana, el gobierno en ejercicio de Nicolás Maduro sería eyectado muy mayoritariamente de sus funciones. Y, así, el hombre más fuerte y el más cuestionado internacionalmente del régimen bolivariano, nuestro flamante vicepresidente, gobernaría el país hasta las nuevas elecciones. Sabe Dios si para ese momento habrá país que rescatar.

Para ese momento, Colombia ya podrá saber, sin preguntar a Zapatero ni a nadie, si fue bueno o no para la patria neogranadina haberse lavado las manos como lo está haciendo, frente al horror que se incuba frente a sí, del otro lado del Arauca.

Por Beatriz de Majo en Runrunes

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