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(12/03/2017) La primera vez que conocí de cerca el hambre colectiva fue en La Habana. Corría el llamado período especial. El bloque soviético, al igual que el Muro de Berlín, se había derrumbado. El embargo de Estados Unidos arreciaba. Así que, sin combustible y sin la mesada que el Imperio comunista le asignaba para sobrevivir, al gobierno cubano no le quedó otra que ajustarse el cinturón de manera dramática.

Muchas cosas me impactaron en aquella visita. Los millares de personas que viajaban colgando como racimos de plátanos en puertas y ventanas del transporte. La evidente multiplicación de la prostitución a cambio de productos, alimentos y bebidas que solo los turistas podían comprar en las tiendas “diplomáticas”. La delgadez casi famélica de amigos a quienes, luego de un año, cuando íbamos al Festival de Cine, volvíamos a encontrar con cinco o diez kilos menos.

Pero lo que más me impactaba era un cierto rictus en el labio superior, una especie de encogimiento producto de la desnutrición, que dejaba la boca permanentemente semiabierta y afectaba a la mayoría por igual. El sello facial del hambre comunista.

Y, sin embargo, no vi nunca a nadie, en la calle, comiendo directamente de las bolsas de basura. Ni siquiera recuerdo haber visto en dónde se depositaba la basura.

En cambio, ahora que el hambre colectiva está tocando a nuestras puertas.

Que se ha convertido en parte del paisaje urbano de las ciudades venezolanas. Lo que más dolor y tristeza, desasosiego e impotencia, desesperanza y pesar me genera es ver todos los días, primero frente a mi casa, luego en la breve ruta que tomo hacía la oficina, la cantidad de personas, agachadas unas, en cuclillas algunas, incluso sentadas como si se tratara de un picnic algunas, sacando desechos orgánicos de las bolsas de basuras y llevándolas a la boca con cierta desesperación.

Es una escena muy agresiva para cualquiera que no haya perdido la sensibilidad y los mínimos sentimientos de piedad y solidaridad con nuestros congéneres.

Aparte de los emocionales, de su aporte a la desesperanza que corroe al país democrático como una epidemia voraz, los efectos de este nuevo ritual son diversos. Primero, obviamente, para los comensales. El impacto moral: el hambre pulveriza la dignidad. Segundo, para su salud. Algún día se sabrá qué tipo de enfermedades han contraído y contagiado por este medio. Luego, para la salubridad de las zonas donde ocurre, toda vez que los comensales generalmente dejan esparcidos otros desechos en los alrededores de las bolsas que no son recogidos por el servicio de aseo urbano. En algunas casas se despiertan muy de madrugada para literalmente entregar personalmente las bolsas al camión recolector.

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Lo más triste es que en Venezuela hay, efectivamente, una escasez de…

Lo más triste es que en Venezuela hay, efectivamente, una escasez de productos básicos y una inflación asfixiante, pero no hay hambruna alguna por catástrofe natural o por situación de guerra. Hay una política económica tercamente suicida. Pero el hambre es selectiva. Clasista. No azota a todos por igual.

Quienes tienen dólares suficientes convertidos en bolívares –diplomáticos-jerarcas rojos, empresarios exitosos, gente común que ahorró honestamente– pueden ir a un supermercado y comprar literalmente lo que quieran. Pero, eso sí, importado. Las clases medias y otros trabajadores sobrevivimos pagando los productos regulados o importados a precios escandalosos o, los menos afortunados, haciendo extensas colas para obtener alimentos regulados. Algunos, muy pocos, militantes del PSUV reciben las bolsas Clap. Todos nos las arreglamos para sobrevivir.

Menos aquel grupo, cada vez más grande, que se alimenta de la basura o mendiga desesperadamente por las calles un trozo de cualquier cosa que aminore el hambre. Los nuevos parias. El otro exilio. Vagan en familias, con niños y bebés en brazos. La mirada anestesiada por el desamparo. La ropa raída. Incluso, lo acabo de ver antes de sentarme a escribir esta nota, los pies descalzos.

Por ahora, Venezuela es también el plató de Los olvidados. Pero los adolescentes granujas de aquella impactante película, siglo XIX de Buñuel, lucen mejor vestido y alimentados que los olvidados del socialismo del siglo XXI.

Por Tulio Álvarez en El Nacional

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