Mingo_Fransesca

(15/04/2017) Para romper el silencio, y no darle espacio a la tristeza, bajamos al aeropuerto diciéndonos cosas cotidianas: palabras cargadas de esa complicidad tan nuestra, que sólo se logra con la convivencia. Tratamos de que las frases se parecieran más a un “nos vemos pronto”, que a las que se dicen en una despedida sin vuelta atrás: esas que no se pronuncian; pero que, tarde o temprano, aparecen entre los que se van. No es fácil volver a despedir a quien amas. No es fácil tener que decirle a tu hijita: “cuídate mucho, mi amor. Dios siempre te acompaña. Recuerda llamarme, de vez en cuando, por Whatsapp”.

Despedí en Maiquetía a mi otra hija, la pequeña. La que para mí siempre será mi bebita, a pesar de que ya luce la plenitud de sus tempranos 20. La que ama a Venezuela tanto como yo; y, sin embargo, no es capaz de reconocerla porque el miedo se la hizo cada vez más ajena. Un país intransitable, plagado de trampas en sus caminos. Del que se fue reclamando no poder conocerlo con la profundidad con la que lo viví yo. Lo intentó por nosotros: quiso permanecer en Caracas, junto a mí, hasta que la ciudad se le transformó en su verdugo. No es justo para mi Francesca, ni para ninguna de las Francesca del país, que la juventud se les vaya entre el miedo, las amenazas, la muerte, la pobreza o la escasez. Que, no ser víctimas de la violencia, sea lo más parecido a un futuro próspero para ellos. Mi Venezuela está asfixiando las ilusiones de los más jóvenes. Nuestros soñadores imperturbables, invulnerables, que ven tambalear su futuro. Mi hijita se fue del país; al igual que los hijos de quienes, como yo, hoy nos quedamos sin el beso de buenos días o las caras propias del enojo cuando, para el permiso que solicitaban, la respuesta era no.

Nos despedimos, y ella no retrató sus pies en el emblemático piso de Cruz Diez. Quise tomar ese gesto como una señal de esperanza. Quizá su viaje es, de verdad, temporal. Tal vez, su partida –y la de todos los venezolanos que se han ido- es momentánea. Y que el arraigo no desaparece al abordar el avión. Y que, quizá, un día regresen para ayudar a reconstruir esta patria hermosa, pero herida. Legiones de compatriotas que hoy viven en otras naciones que, a lo mejor, regresarán a este suelo cargados de prosperidad para replicar lo que aprendieron y ayudar a resurgir al país.

Un día, hija de mi corazón, espero que regreses para siempre a una Venezuela mejor. A una que sea superior a esa de la que tanto te hablé y la que, con tanto entusiasmo, te describí. Ojalá en ese futuro que ambos desconocemos, finalmente pueda llevarte a recorrer Venezuela con la profundidad que deseabas: desde la Gran Sabana hasta los Médanos de Coro; desde el puente sobre el Lago de Maracaibo hasta la Península de Paria de donde es el chocolate que tanto te gusta. Caminar juntos hasta el Panteón Nacional y la Plaza Bolívar, sin que la cara de un caudillo manche de violencia y politiquería la historia de nuestra nación.

La abracé muy fuerte, antes de que desapareciera detrás de las puertas de inmigración. Las palabras que no nos dijimos, las intercambiamos en cartas que nos entregamos al final. Yo, en la mía, le agradecía por nuestros años juntos. Sus miradas y sus gestos, tan propios de ella. Le di las gracias por su entrega a la naturaleza. Por su corazón amplio y lleno de ideales. Le expresé mi gratitud por su don de gente, rectitud y valores que me enaltecen. Por su forma de quererme, a su manera, tan auténtica y tan llena de ella…

…Muchísimas gracias, Francesca, por comprender y ajustarte, por diversos motivos, a los sacrificios y limitantes de esta Venezuela convulsa que, yo sé, te duele tanto como a mí. Gracias por ser tan venezolana y caraqueña, con tus aires europeos, que te hacen tan especial. Gracias por ser una muchacha buena que, desde muy pequeña, la vida te colmó de retos que supiste muy bien sortear y andas por sus caminos sin detenerte por cicatrices ni por tormentos. Aun cuando los lleves adentro, muy dentro, con tus silencios. Yo estoy muy agradecido, hija de mi alma, y estaré contigo, a tu lado siempre, hasta el final de mis días, en tus alegrías y tus pesares, contigo de la mano juntos, como en un eterno comienzo…

Esperé hasta llegar a la casa que compartimos por años para leer sus líneas. Quise hacerlo en compañía de la soledad que desde ahora habitará conmigo. Te fuiste de Venezuela reclamando lo que era tu derecho, y el derecho de todos esos jóvenes que, como tú, no han tenido libertad: “…yo, y me apena decirlo papi, no conozco la ciudad que me vio nacer. No la viví. Al no tener recuerdos de la Venezuela de antes, la que tú me cuentas, no puedo aferrarme a algo que jamás experimenté, y menos esperar seguir viviendo en un lugar repleto de penumbras. No quiero vivir encerrada entre estas paredes. No quiero crecer y darme cuenta que no disfruté mis años de juventud. No puedo más con la situación que sofoca al venezolano cada día más. No quiero ser prisionera del miedo. Quiero saber lo que es regresar a casa después de la puesta del sol. Me niego a vivir en un país que no permite realizar mis sueños. Esta situación me aleja de mi derecho humano de ser libre. A lo largo de mi vida, he estado muy restringida y si sigo así, no podré formarme ni saber quién soy. Estoy dispuesta a tomar el riesgo de partir, porque parece que las aguas desconocidas y tormentosas del extranjero son más seguras que el muro verde y protector que rodea nuestra ciudad”.

13 abril 2017

Por el periodista José Domingo @mingo_1

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