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(15/11/2017) Ante la eventualidad de un adelanto de elecciones presidenciales en Venezuela, que a mi juicio podría ser en la primera parte del año 2018, deberíamos estar preparados para al menos dos cosas: 1) Nicolás Maduro buscará la reelección, 2) Henry Ramos Allup podría terminar siendo el candidato de la oposición. No pocos han pegado literalmente un brinco cuando les he comentado este eventual escenario.

Debo decir que hago, en este caso, un texto de política-ficción.

¿Quién es Frank Underwood? En primer lugar, es un personaje ficticio. La figura central de la serie House of Cards del servicio de televisión por Internet Netflix. Si bien la serie ha tenido varios altibajos en sus últimas temporadas, la primera y la segunda emitidas en los años 2013 y 2014 constituyeron un éxito tanto de público como de la crítica.

En esas primeras temporadas se nos presenta a un Underwood decidido a llegar al poder y hace uso de una serie de acciones que vistas por separado no parecían tener relación, pero en la medida en que transcurre la historia en realidad debe vérseles como jugadas de una gran partida de ajedrez, cuyo objetivo final es alcanzar la presidencia. Cosa que finalmente obtiene al cerrarse la segunda temporada.

He usado en no pocas ocasiones capítulos o situaciones de “House of Cards” en mis clases y cursos de comunicación política de la Universidad Católica Andrés Bello. Underwood es un personaje emblemático. Se trata de un político dispuesto a acceder al poder, sin gozar necesariamente del respaldo popular para ello, y por tanto genera situaciones que le favorecen en su estrategia. Conoce Underwood no sólo los hilos del poder en Washington, sino que viniendo del mundo parlamentario le deben favores y sabe manejar la escena pública.

Seguramente usted recuerda quién fue el primer dirigente político de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) que se adelantó al anuncio del espacio unitario y dijo que su partido, Acción Democrática, participaría de las elecciones regionales.

También debe recordar quién terminó encabezando el primer año en la presidencia de la Asamblea Nacional, en 2016, pese a que existía un acuerdo previo entre los partidos políticos de la MUD que de haberse cumplido habría sido Julio Borges presidente del legislativo el año pasado.

Tampoco es un secreto que los diputados del estado Amazonas se “sacrificaron” comenzando las sesiones legislativas de 2016 a solicitud de quienes encabezaban la Asamblea Nacional, en teoría por evitar una pugna con el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), que a fin de cuentas llegó de todas formas.

A falta de pan, la Asamblea Nacional en 2016 le dio circo a la sociedad venezolana al sacar –por ejemplo- los cuadros con la imagen chavista de Simón Bolívar o anunciando que se sacaría a Maduro del poder en seis meses, en lugar de tomar decisiones inmediatas sobre las designaciones irregulares de magistrados del TSJ que habían ocurrido poco antes (en la Navidad de 2015).

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A mediados de 2016, cuando todo parecía apuntar a que se invocaría la carta democrática en el seno de la OEA, quienes eran directivos de la AN no acudieron con la solicitud formal ante el secretario general del organismo.

Llegamos a los días finales de 2017. Cuando se ha consumado una suerte de tragedia nacional: el régimen en su peor momento de popularidad se impone sobre la sociedad democrática y quiere hacernos ver que triunfó en las elecciones de gobernadores del 15 de octubre. En ese contexto, Acción Democrática se nos presenta –al menos en los mensajes de sus voceros y de sus redes de prensa- como la principal fuerza política de oposición.

No hay triunfo posible en medio de un fracaso tan sonoro.

La MUD vive una hora menguada. Atravesada por un conflicto irresoluto que se agrava con los resultados del 15 de octubre. Los electoralistas no pudieron defender la voluntad popular (que mayoritariamente es contra el régimen) y los abstencionistas, además de decir que la ruta no es electoral, no terminan de decirle al país cuál es la hoja de ruta democrática.

Todos los presidenciales de la oposición (según encuestas) parecen impedidos de ir a una elección presidencial en el corto plazo.

Todos menos uno.

Henrique Capriles y María Corina Machado están inhabilitados (injustamente por lo demás) por decisiones administrativas de la Contraloría. Leopoldo López está condenado penalmente (su caso es emblemático en materia de derechos humanos, pero lo anula políticamente). Manuel Rosales y Henri Falcón quedaron borrados del mapa tras sus respectivas derrotas en la carrera por las gobernaciones.

Sólo parece quedar Ramos Allup, y Nicolás Maduro es su jefe de campaña, a cada rato dice que Henry quiere ser presidente. Éste, además, en un momento en que no hay claridad en si habrá o no elecciones presidenciales, y si democráticamente la estrategia será ir o no, no oculta a nadie sus aspiraciones, las que considera legítimas.

En días como estos, cuando reina la atomización y los egos personales en la dirigencia opositora, uno agradecería que un viejo zorro de la política, como lo es Henry, jugara en equipo. Ya el tiempo dirá, según este ejercicio de política-ficción, si es nuestro Frank Underwood.

Por Andrés Cañizalez en El Estímulo

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